Santiago Tirado

Tuesday, November 07, 2006

Un preso que hablaba de Stanislavsky

Un preso que hablaba de Stanislavski es uno de esos títulos sudamericanos, que prometen una historia seductora con la que tomarse un mojito y mecerse a la fresca de la tarde, pero es más; es la historia del detenido Delio Boix, quien había hecho teatro y cine, pero la mayor parte de las veces era el teatro lo que le llenaba hasta el borde el vaso de las horas muertas. Es un hombre duro, "yo también tengo genoma, y se me está hinchando", que cree que ya lo ha visto todo en la vida hasta que descubre que hay un policía para demostrar que el límite de la ineptitud puede ser superado. La raíz de sus males podía estar en una mujer, Estela, un animal asustadizo, turbador y salvaje en distancias cortas; o en Eva, quien debía ser su amante, De ser cierta la sospecha, ella sabría cualquier cosa que les faltase en la investigación. Y todo era entonces Eva, presagio o retorno de Eva, Eva en el sofá leyendo acostada, Eva comiendo una manzana indiferente a cuantos paraísos pusiese en peligro.
Es la historia de un amigo que pasó de la falange a la barba revolucionaria y la cultura, de teatros, la historia de Delio, un Pigmalión que crea mujeres de la nada. El origen de todo está en Stanislavski, aunque no lo sabíamos; el mejor amigo del hombre es el cigarro que te quema las entrañas. Estamos ante una novela en la que Santiago García Tirado atrapa al lector, con su tempo y su atmósfera, que junto con la profundidad regalar al lector el simple placer de la lectura.
Más información: Ediciones Irreverentes

Primeras páginas de Un preso que hablaba de Stanislavsky


Primera páginas de Un preso que hablaba de Stanislavsky

Declaración 6ª:

Desde luego era así, o tal vez hubiese sido todo así como lo acababan de leer, pero qué cuernos le importaba ahora, si tan sólo había pedido que alguien le acercase una cajetilla de tabaco, Camel a ser posible, dos o tres pitillos serían bastantes si no había en aquel maldito lugar una cajetilla entera para él. Luego no tendría inconveniente en seguir con ese fárrago de declaración que lo tenía hasta las narices, y le confirmaría una vez tras otra al viejo que todo fue así, como acababa de explicarle, después de que Eva lo abandonase en las vacaciones del verano, y como le he dicho alguna vez Eva era la mujer hermosa que obraba milagros con su sola presencia, se lo he contado mil veces, aunque tal vez no lo crea, pero no hacía falta más que verla caminar por la casa de la sierra, o sentada al borde de la piscina, u organizando los detalles de la próxima gira, porque le era suficiente volver la cara con su sonrisa sabia para que el mundo entero se pusiera en hora y todo cobrase sentido otra vez, y así que dígame usted a dónde puedo ir ahora sin sonrisa, por eso se lo volvía a contar otra vez, pero tal vez usted no lo crea, y es que yo tampoco lo creía al principio, todo resultaba tan simple y tan incontestable, así que ahora podrían entender algunas cosas más de toda aquella historia, cómo no iba a acabar desolado sin la mujer que obraba milagros, y que lo dejó en verano. Así que fue fácil que Estela, al quedarse sola en la casa, se viera reina por un día, y en efecto, tome nota otra vez, porque eso no admite duda, Estela se equivocó, pero quién no se equivoca alguna vez o todas las veces, pero no era nada más que una asistenta, tome nota bien, a-s-i-s-t-e-n-t-a, pero maldito demonio, ya lo había explicado cinco veces antes, Eva se había marchado de la casa mucho antes de que todo aquel asunto ocurriese y no podía saber nada, y el verano había sido caluroso, oiga, había que tomar nota porque este último detalle marcaba la diferencia, caluroso, un verano muy caluroso, tome nota otras cinco veces, esto es fundamental, oiga. Pero al carajo el viejo gordo y su puto apuntador, y que tomara nota también de las estupideces, hacía sol casi todos los días, el despertador sonaba a las ocho y media, desayunaba tostadas con mantequilla, el café con la leche del tiempo, color favorito, el rojo, aficiones, las típicas de cualquier hombre más el teatro, de chico me comía los mocos… ¡pero qué ganas de templar gaitas, oiga! Y se acababa de tomar notas por hoy: no estaría en condiciones para seguir a menos que le proporcionasen un alivio, unos minutos al aire del patio serían suficientes, ¡oiga!, y luego ya veríamos si repetía por sexta vez la misma historia, o le añadía algún episodio extra para darle emoción. Y que si no podía encender un miserable cigarrillo iba a terminar por saltarle de una vez la dentadura postiza al abuelo para hacerla unas castañuelas, ¡oiga!
Pero estos trámites eran así, y tratar de discutirlos hubiera sido de imbéciles. Uno cree que ya lo ha visto todo en la vida y, nada, siempre hay un policía para demostrar que el límite de la ineptitud puede ser superado. Y aquellos dos tenían lo mejorcito de la policía, con esa capacidad inasequible al desaliento para superar una y otra vez sus propios récords, debían haber nacido en la academia, hubiera jurado que llevaban la placa del cuerpo de policía premonitoriamente escrita en alguna línea del genoma. Cómo si no se podía explicar que sin ser familia tuvieran ese mismo mirar inteligente del perro pachón. Y esa misma manía de levantar la nariz cada vez que confesaba un nuevo detalle de su declaración, como para calibrar por el olfato la cantidad de verdad de cada palabra. Simpáticos los chicos, un poco coñazos, pero simpáticos, por qué habría de molestarse con gente que no ha podido rebelarse contra sus genes, y ha terminado doblegándose a su biología, cómo dejar de creer en la inocencia cándida de los sabuesos de la policía, con Darwin y tantos monos de por medio.
Pero es que los días como éste no tenía la paciencia tan larga como la mala uva, y eso también había que entenderlo, conque ya era mucho pedirle por quinta vez que confirmara cada frase de las declaraciones primeras, sin darle a cambio siquiera el placer de una venganza minúscula, aunque en frío y sin sangre, declaración uno, ¿se reafirma?, declaración dos, ¿se reafirma?, declaración... sí, cómo no, a buenas horas no iba a estar seguro de lo que acababa de contar, si todo era un calco las cinco veces, pero una venganza lo pondría otra vez a tono, bastaría con algo ligth tipo te-voy-a-partir-las-piernas-por-ese-cigarrillo-que-no-viene, declaración cuatro, me voy a cagar en todo, yo también tengo genoma, y se me está hinchando.
El resto muy pronto en las mejores librerías, editado por Ediciones Irreverentes

Santiago García Tirado

Santiago Gª Tirado, ilicitano nacido en Linares, en 1.967. Conocedor de autores clásicos y modernos, de lo culto y lo popular, viajero, enamorado de la vida, enemigo de las medias tintas, desde sus primeros textos publicados apuntó los modos de esa escuela milenaria de autores movidos por el raro placer de contar.
Al concederle el premio Teruel por el relato Un fotógrafo en la siesta, Javier Reverte se manifestó sorprendido: "Es difícil encontrar un cuento tan redondo". Fernando Sánchez Dragó destacó su "prosa restallante", y la construcción de una estructura "casi perfecta". Se trataba del reconocimiento a la madurez de su estilo. Con ese mismo aliento nos presenta su nueva obra, Un preso que hablaba de Stanivslavsky, publicado en Ediciones Irreverentes por recomendación del jurado del II Premio de Novela Ciudad Ducal de Loeches.


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